Estaba revisando con un empresario cuáles eran sus mayores gastos. Me mostró que los costos administrativos eran altos. Más altos que la industria.

Pregunté: “¿Quién maneja administración?” “Martín”, respondió. “Está con nosotros hace 8 años. Es de confianza.”

Lo que encontré fue un desastre

Pedí una junta con Martín. Revisamos procesos.

  • Pagaban dos veces por servicios.
  • Duplicidad de proveedores.
  • No había presupuesto de gastos. Todo era “según se necesitara”.
  • Los bancos que usaban cobraban comisiones el triple de otros.
  • Contratos de servicios que no se usaban.
  • Los deudores de la empresa casi no se cobraban. Cartera vencida enorme.

“Ahí anda”

Pregunté al empresario: “¿Martín sabe de esto?” “No sé. A veces le comento y me dice que ahí anda.”

Ahí anda. Ese “ahí anda” es lo más peligroso en una empresa.

Confianza no es competencia

El empresario confiaba en Martín. ¿Por qué? Llevaba 8 años. “Punto de confianza.”

Pero confianza no es lo mismo que competencia. Martín era un buen empleado porque obedecía. Pero no era un buen administrador. Porque no optimizaba.

El número

Le pregunté: “¿Cuánto crees que Martín te está costando en gastos innecesarios?” Miró los números que le mostré.

$28 millones al mes. $336 millones al año.

“¿Por qué nunca lo vi?”, preguntó.

Porque Martín hacía su trabajo. Pagaba facturas. Cuadraba saldos. Presentaba reportes.

Nadie le preguntaba:

  • ¿Por qué pagamos esto?
  • ¿Por qué tiene estos costos?
  • ¿Hay alternativa más barata?

Martín simplemente hacía lo que siempre había hecho.

Y eso pasa en la mayoría de empresas

Tienes gente en puestos clave que son “de confianza”. Porque han estado años. No porque sean buenos. Porque son conocidos.

La diferencia es brutal. Una persona “de confianza” ejecuta. Una persona “competente” cuestiona. Optimiza. Mejora.

Lo que pasó después

Le dije: “Necesitas cambiar a Martín de puesto. O entrenarlo completamente. Pero como está, te cuesta.”

“¿Lo despido?”, preguntó nervioso. No. Eso es un exceso. Lo mudas.

El empresario puso a Martín en otro rol, donde las cosas podían andar un poco. Trajo a alguien nuevo en administración.

En 90 días:

  • Consolidó proveedores. Ahorró $8 millones.
  • Rediseñó procesos de cobranza. Recuperó $15 millones en cartera.
  • Cambió bancos. Bajó comisiones $4 millones.
  • Canceló contratos innecesarios. Ahorró $3 millones.

Total: $30 millones de ahorros en 90 días.

¿Quién era mejor administrador? ¿Martín u otro? Obviamente, otro. Pero Martín era “de confianza”. Y eso cuesta caro.

La pregunta incómoda

  • ¿Tienes a alguien en tu empresa que sea “de confianza”, pero no explícitamente competente?
  • ¿Alguien que “lleva años”, pero cuyas decisiones siempre te cuestan dinero?
  • ¿Alguien que cuando preguntas dice “ahí anda”, en lugar de “aquí está el plan”?

Ese es un Martín tuyo. La compasión es linda. Pero la compasión cuesta plata.

La decisión

Revisa cada puesto crítico. Pregúntate: ¿está la persona equivocada? Si la respuesta es “sí, pero hace años que está”… eso es un problema que se agrava cada año. No es que Martín sea malo. Es que Martín es promedio. Y promedio en puesto clave es caro. Muy caro.

Menos improvisación. Más dirección.

CTA

Hoy, identifica un puesto crítico donde tienes a alguien “de confianza”. Evalúa honestamente: ¿es también competente? Si no, es tiempo de una conversación difícil.